En noviembre de 2023 diseñamos y creamos joyas únicas dedicadas a Palestina. Fue nuestra manera de expresar un apoyo inquebrantable al pueblo palestino, que en aquel momento sufría los primeros meses de lo que el mundo acabaría reconociendo como uno de los capítulos más oscuros de nuestro siglo. El propósito de estas piezas no era solo simbólico: queríamos que llevasen un significado profundo, que se convirtieran en un canal para recaudar fondos destinados a la ayuda humanitaria en Gaza.
Junto a las joyas organizamos una sesión de fotos bajo el nombre En solidaridad con Palestina. Fue mucho más que una campaña: fue nuestro intento de alzarnos contra el silencio, de hablar cuando otros eligieron no hacerlo. En aquel momento, casi ninguna marca de moda se atrevía a posicionarse con claridad. El miedo, la política y el instinto de autopreservación mantenían a muchos en la industria callados, como si el silencio pudiera protegerlos del peso de lo que estaba ocurriendo. Pero callar ante la injusticia es complicidad. Para nosotros resultaba imposible permanecer en silencio mientras todo un pueblo era sometido a un sufrimiento insoportable.
Entonces no podíamos imaginar que este genocidio brutal se prolongaría durante dos largos años y que seguiría siendo igual de relevante hoy. No podíamos imaginar que en pleno siglo XXI, en una era de organismos internacionales y declaraciones de derechos humanos, el mundo permitiría la exterminación de una nación, una de las culturas más antiguas y ricas de la tierra.
No podíamos imaginar que el mundo toleraría la hambruna forzada, la tortura de niños, la masacre de familias enteras. Que el mundo contemplaría un genocidio en curso en tiempo real, retransmitido en alta definición a nuestros móviles y televisores, y aun así permanecería en silencio.
No podíamos imaginar que los derechos humanos, la vida humana y hasta la infancia significarían absolutamente nada frente a la política y el poder. ¿Cómo pudo hundirse tanto el mundo? ¿Cómo perdió la humanidad su humanidad? ¿Cómo es posible que en este siglo los bebés no tengan acceso a leche de fórmula, medicinas ni agua potable? ¿Y cómo es posible que todavía haya quienes apoyen, justifiquen o miren hacia otro lado ante semejantes crímenes?
Los últimos dos años han sido traumáticos. Las imágenes, las historias, los gritos de auxilio… nos perseguirán durante el resto de nuestras vidas. Llega un momento en que las palabras se agotan. Lo único que queda es dolor, duelo y lágrimas interminables.
Pero incluso en la oscuridad, el silencio no es una opción.
Para quienes aún no conocen la historia de Palestina, los hechos están ahí, las pruebas son incontestables. No creáis ciegamente a nadie —ni a nosotros ni a los medios—. Empezad vuestra propia investigación, y hacedlo desde 1948. Ese fue el año de la Nakba, la catástrofe, cuando cientos de miles de palestinos fueron expulsados de sus hogares, aldeas enteras borradas del mapa. Esa historia no es un debate: está documentada, archivada y recordada por los supervivientes y sus descendientes.
Y, sin embargo, Palestina no es solo tragedia y pérdida. Es una cultura tan rica y vibrante que cualquiera que se acerque a ella quedará maravillado. Descubrid el arte, la música, la literatura, la gastronomía y la moda palestina. Encontraréis poesía que ha marcado generaciones, música que transporta siglos de herencia, bordados que cuentan historias con hilo y una cocina que encarna hospitalidad, resiliencia y alegría. Los palestinos son poetas, escritores, artistas, músicos, diseñadores: creadores de belleza y conocimiento. Conocer Palestina es conocer una de las culturas más creativas y vitales del mundo.
Tomemos la poesía como ejemplo. Mahmoud Darwish, quizá el poeta palestino más célebre, dio voz al anhelo, al exilio y a la resistencia de su pueblo. Sus palabras siguen resonando mucho más allá de Palestina, recordando al mundo la dignidad, la memoria y el derecho humano a pertenecer. Fadwa Tuqan, llamada con frecuencia la “poetisa de Palestina”, escribió sobre la identidad, la lucha y la fuerza de las mujeres, entrelazando lo personal y lo político en un mismo tejido. Sus versos no son solo literatura: son testimonio vivo de resistencia y supervivencia.
O fijémonos en el bordado, conocido como tatreez. Cada puntada guarda una historia. Durante generaciones, las mujeres palestinas bordaron vestidos y prendas que hablaban de aldeas, estaciones y genealogías familiares. Estos diseños son mucho más que adorno: son identidad cosida en la tela. En el exilio, el bordado se convirtió en un modo de preservar la memoria, un acto silencioso de resistencia contra el olvido. Hoy, diseñadores de moda palestinos continúan usando el tatreez como un puente entre la herencia y la expresión contemporánea, manteniendo viva la tradición en pasarelas y en la vida cotidiana.
La comida también cuenta una historia de continuidad y resiliencia. Platos como el maqluba —un guiso de arroz, verduras y carne que se da la vuelta antes de servir— son mucho más que recetas. Son celebraciones de familia, de unión, de orgullo. El falafel, el hummus o el knafeh no son solo comidas queridas en todo el mundo; son símbolos de una cultura profundamente ligada a la generosidad y a la hospitalidad. En tiempos de desplazamiento, cocinar platos palestinos tradicionales ha sido a menudo una manera de mantener la identidad, un recuerdo de casa incluso cuando la casa fue arrebatada.
El arte palestino va mucho más allá de la tradición. Pintores, fotógrafos y cineastas contemporáneos siguen creando en condiciones imposibles, documentando la realidad y transformando el dolor en expresión. Artistas como Naji al-Ali, creador del icónico personaje de cómic Handala, mostraron al mundo la lucha palestina a través de un niño descalzo que se niega a dar la espalda. Las generaciones jóvenes de artistas hoy empujan aún más los límites, fusionando arte digital, instalaciones y performance con el mismo mensaje inquebrantable: existimos, creamos, resistimos.
La música también ha llevado la voz de Palestina a lo largo de generaciones. Desde las canciones folclóricas transmitidas de familia en familia hasta los ritmos contemporáneos de artistas de hip-hop que convierten la percusión en herramienta de denuncia, la música palestina refleja tanto la herencia como la evolución. Une a generaciones y recuerda, a jóvenes y mayores, que la cultura es una forma de supervivencia.
Por eso, en nuestra primera sesión de fotos decidimos usar símbolos profundamente enraizados en la identidad palestina: la rama de olivo, la kufiya y la sandía. Cada uno de ellos guarda historia, significado y desafío.
La rama de olivo representa la paz, pero en Palestina también la resistencia. Los olivos son milenarios, con raíces que se hunden en la tierra desde hace miles de años. Muchas familias palestinas han cultivado los mismos olivares durante generaciones. Los árboles son símbolo de vida y de resiliencia, y siguen en pie incluso cuando las casas son destruidas. Llevar una rama de olivo es llevar un trozo del vínculo irrompible de Palestina con su tierra.
La kufiya, el pañuelo de cuadros blancos y negros, se ha convertido en uno de los símbolos más reconocibles de la resistencia y la solidaridad palestina. No es solo una prenda: es un emblema de identidad y orgullo. Originalmente usada por campesinos, se transformó después en el símbolo de un pueblo que se niega a ser borrado. Al verla, reconocemos de inmediato la lucha por la justicia y la libertad.
La sandía, a primera vista, puede parecer un símbolo inesperado. Pero su significado es poderoso. En épocas en que se prohibía la bandera palestina, la gente llevaba sandías porque sus colores —rojo, verde, negro y blanco— reproducen los de la bandera. Se convirtió en un gesto sutil pero inquebrantable de desafío. Sostener una sandía era sostener la bandera, declarar identidad cuando la identidad era negada.
Existen otros símbolos también. La llave, a menudo guardada por los refugiados, representa los hogares de los que fueron expulsados en 1948, llaves aún conservadas por familias que sueñan con regresar. La mano de Fátima, o hamsa, es símbolo de protección y esperanza, muy utilizada en la joyería y el arte palestino. La amapola, que florece en los campos de Palestina, se ha convertido en emblema de memoria por los mártires. Cada símbolo cuenta una historia, cada uno es parte del mosaico de la memoria y la resistencia palestina.
Cuando creamos nuestras joyas dedicadas a Palestina y organizamos aquella sesión de fotos, no sabíamos lo largo ni lo duro que sería este camino. Pero sí sabíamos que la solidaridad no es temporal. No es una moda pasajera. Es un compromiso. Las joyas que hicimos eran pequeñas frente a un sufrimiento tan vasto, pero eran un gesto de rechazo: rechazo a callar, rechazo a normalizar la injusticia.
La moda puede parecer distante de la política, pero en momentos como estos, la moda se convierte en un lenguaje. A través del diseño, de las imágenes, de las campañas, puede amplificar voces silenciadas. Puede cruzar fronteras y hablar a quienes quizá nunca lean un ensayo político pero sí se detendrán ante una fotografía, ante una joya, ante un símbolo que despierta preguntas.
Dos años después, nuestra solidaridad no ha disminuido. Al contrario, se ha fortalecido. Cada día que pasa es un recordatorio de que la justicia retrasada es justicia negada. Pero la resiliencia del pueblo palestino, su cultura, su arte, su música, su mera existencia, es también un recordatorio de que ninguna violencia podrá borrarlos.
La sesión de fotos no fue el final de nuestra historia. Fue el inicio de un compromiso: estar, crear, hablar y no permitir nunca que el silencio venza.
Beautiful work. Palestine will always live through art and memory
I loved the article. Every word you wrote touched my heart. Art represents Palestine. Palestine is art itself. Thank you for standing for what’s right
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